Este texto es uno de los más fuertes del Evangelio. No es raro que los que escuchaban a Jesús se escandalizaran: sus palabras parecen difíciles, incluso incomprensibles. Y, sin embargo, Jesús no suaviza el mensaje. No lo explica como una metáfora. Insiste. ¿Por qué? Porque está hablando de algo central: la Eucaristía.
Hoy, muchos cristianos pueden caer en el mismo error que aquellos judíos: escuchar estas palabras pero no llegar a creerlas de verdad. Podemos ir a misa por costumbre, o ver la comunión como un gesto más? cuando en realidad es el corazón de la vida cristiana.
Jesús no dice: ?el que piensa en mí? o ?el que me recuerda?. Dice: «el que come mi carne y bebe mi sangre». Es una unión real, profunda, Dios quiere entrar en tu vida, no quedarse fuera.
Y aquí está la clave para hoy: la fe no es solo una idea, es una relación viva que se alimenta. Y Jesús se presenta como ese alimento sin el cual, poco a poco, la fe se debilita, se enfría o se vuelve rutina.
Cuando comulgas: No estás haciendo un gesto simbólico: estás recibiendo a Cristo. No estás solo: Él habita en ti. No sales igual: llevas dentro una vida que no es solo tuya.
Pero este Evangelio también interpela con fuerza: ¿De verdad creo en lo que recibo? ¿O comulgo sin darme cuenta de lo que significa?
Después de considerar detenidamente este pasaje se me ocurre hacer algunas sugerencias:
Si puedo, participaré en la Eucaristía con más conciencia, no por inercia. Antes de comulgar, merece la pena que haga un momento de silencio interior: ?Señor, creo que vienes a mí?. Después de comulgar, no voy a tener prisa: me quedo unos minutos con Él.
Jesús promete algo inmenso: ?el que me come vivirá por mí?. Es decir, no solo vivirás ?mejor?, sino que Él vivirá en ti y transformará tu manera de pensar, amar y actuar.
La Eucaristía no es un añadido en la vida cristiana. Es la fuente de una vida nueva.
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