Después de Pentecostés el Evangelio no encuentra ahora fronteras, no hay límites a la expansión del Nombre de Jesús. Los samaritanos ya no son un pueblo enemigo, también ellos han recibido el anuncio del Reino.
Cómo cambió todo después de que Jesús venciera al sepulcro y sus discípulos quedaran llenos del Espíritu Santo. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que Juan pedía al Maestro que hiciera caer fuego del cielo sobre los samaritanos porque no los habían querido recibir en una de sus aldeas. Ocurrió tiempo atrás, los samaritanos se dieron cuenta que Jesús y los suyos estaban yendo haciaJerusalén y por ese motivo no los quisieron recibir. Entonces estalló la desaforada reacción de Juan, a quien verdaderamente le va como anillo al dedo el seudónimo de «hijo del trueno»; su respuesta no pudo ser más tremenda. ¡Hay que mandar un fuego que los destruya! Ahora, por el contrario, el fuego que viene desde el cielo sobre los samaritanos cae sobre ellos, pero no para destruirlos, sino para restaurarlos. La dispersión de los apóstoles provocada por la persecución desatada sobre ellos se convierte en ocasión de salvación para los demás pueblos. Así lo que podía considerarse una huida se transforma en una misión. Lo que podía parecer una derrota es en verdad una victoria espléndida. La semilla da fruto en abundancia.
El poder de Cristo a través de sus apóstoles se manifiesta por la autoridad con la que Felipe expulsaba espíritus inmundos, por la fortaleza con la que sanaba a los débiles y a los enfermos; muchos paralíticos y lisiados se curaban. El Espíritu, traía no solo la paz a los que antes eran enemigos, sino también el otro gran fruto por excelencia: la alegría.
En este tiempo de pascua nosotros pedimos que este Espíritu de Cristo también rompa nuestras fronteras y reservas mentales, que nos demos cuenta de que Dios no hace acepción de personas y ha enviado a su Hijo para ser salvador y redentor de todos los hombres sin excepción. Qué mayor regalo que poder ser nosotros servidores de la alegría de Cristo, trayendo no solo sus palabras, sino también sus obras, sus signos eficaces, a los hombres de hoy.
Porque esa es la voluntad del Padre celestial y para eso ha enviado al Hijo al mundo, para que no se pierda nada, o loque es lo mismo, para que ahora tengamos vida eterna y resucitarnos al final de los tiempos. Consuela saber que esta es la voluntad de ambos, la voluntad del Padre y la de voluntad del Hijo. Nos da esperanza saber que ambascoinciden plenamente.
Solo se nos pide una cosa: ver y creer. Contemplar el paso del Resucitado por el mundo y reconocerlo. Descubrir el poder y la autoridad de su Santo Espíritu y dejarnos transformar por Él y convertirnos así en servidores de su alegría.
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